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La vida de trotamundos de Sandro Mareco, el mejor ajedrecista argentino

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Compartimos con ustedes la nota que el diario Clarín le realizo al mejor jugador de nuestro país el GM Sandro Mareco.

El gran maestro de 29 años es el mejor jugador nacional en el ranking (89°) y este año se autofinanció una gira que lo llevó a ganar en Uruguay, a entrenarse en Suecia y a ser octavo en Vietnam. El próximo paso: Emiratos Árabes Unidos. El ajedrez atrapa tanto que no puedo desconectarme ni las pocas veces que me voy de vacaciones, le dijo a Clarín.


Sandro Mareco se internó en la nevada Suecia a estudiar ajedrez durante ocho horas diarias.

Iron Maiden. Judas Priest. Megadeth. El heavy metal irradia de lleno en los oídos, el cuerpo y el alma del morocho de rulos que trota mientras intenta evitar la nieve que hace patinar al desprevenido en Arboga. A 150 kilómetros de Estocolmo, en el interior profundo de Suecia, sin conocer el idioma, sin Internet en la cabaña, sin poder diferenciar las caras de algunos de los 12.000 habitantes del poblado y con temperaturas bajo cero a las que se acostumbró desde que conoció esa tierra en 2012, ¿qué otra cosa puede hacer Sandro Mareco que correr durante casi 10 kilómetros? “Lo hago porque puedo hacerlo solo, me es útil como preparación física y me ayuda a tener más resistencia y a calmarme. Eso sí, un día no salí tan abrigado y me quedó el pecho colorado”, cuenta con su voz rasposa y grave.

A años luz de su hogar en Hurlingham, se entrenó fuerte para un maratón, pero no el de 42,195 kilómetros. Su maratón es cotidiano: ocho horas diarias de entrenamiento en el medio de la nada con Ulf Andersson, el ex número cuatro del mundo, con el que estudió incontables posiciones y líneas teóricas. Así llegó este gran maestro de 29 años a ser el mejor ajedrecista argentino y a meterse en el top 100 del mundo. Y 2017 lo encuentra en una gira mágica y misteriosa por el planeta, con su computadora a cuestas para enfrentarse a quien sea, con blancas o con negras, en el tablero de 64 escaques.

El huracán Sandro pasó en febrero por Montevideo, donde arrasó al ganar sus nueve partidas, lo que le permitió escalar al 89° puesto en el ranking. Hacía 11 años y cinco meses que un argentino no estaba tan bien ubicado: Rubén Felgaer había sido 86° en octubre de 2005. Claro que el ELO 2664 de Mareco es mucho más alto e histórico. “Mi último torneo había sido en diciembre (fue segundo en el Abierto de la Patagonia, en Villa La Angostura) y no quería estar mucho tiempo sin jugar -explica-. Fue un excelente resultado y el puntapié inicial para esta gira”.


Sandro Mareco, junto al entrenador Ulf Andersson, en Arboga, Suecia.

Andersson le prestó una cabaña en Arboga y allí se internó a estudiar ajedrez durante días. “Ulf ya es un viejo conocido de los argentinos y fue nuestro capitán en la Olimpíada de 2014. Es la quinta o sexta vez que estuve con él. Es otro mundo. Este invierno estuvo bien, con 3 o 4 grados bajo cero. La primera vez que vine hizo 15 bajo cero y había que salir igual, je. A veces parece que no pasara nada, porque vive mucha gente grande y no hay opciones para los más jóvenes. Encima como la casa no tiene Internet, para conectarme caminaba dos o tres cuadras hasta un restorán sobre la ruta”, relata. La ruta es la E20 que viene desde Estocolmo, empalma con la E18 justo en el pueblo y después sigue durante 320 kilómetros hasta Gotemburgo.

Su gira lo encuentra hoy en Ho Chi Minh City, la ex Saigón que cayó el 30 de abril de 1975 y marcó para siempre el orgullo guerrero estadounidense, mancillado en la cruenta guerra de Vietnam. Sandro finalizó ayer octavo en el Abierto HDBank, entre 30 grandes maestros, con 6,5 puntos, a media unidad del ganador, el vietnamita Liem Le Quang. La rueda no para: si del frío sueco pasó a la humedad vietnamita, ahora vendrá el calor de los Emiratos Árabes Unidos. “Jugaré un Masters con 75 grandes maestros en Sharjah (del jueves al viernes 31, con 60 mil dólares en premios) y luego el Abierto de Dubai en abril (del 3 al 12, con 50 mil dólares) -relata-. Hay que trabajar mucho para entrar a estos torneos porque no es fácil acceder al circuito en el que juegan los top. Nos dan alojamiento y comida, y se juega en busca de los premios”.


Sandro Mareco finalizó octavo en el Abierto HDBank de Ho Chi Minh City, en Vietnam.

-¿Cómo te financiás esta gira?
-Me la pago yo. Como les doy clases a muchos maestros argentinos o del exterior, ahorro como para pagarme estos viajes. Ayudo lo que puedo en mi casa y trato de juntar para competir. Después de la última Olimpíada (Bakú 2016), Francisco Restuccia, un amigo, publicó en Facebook y me ayudaron diez personas con los gastos. Fue una sorpresa agradable.

-No deja de ser fuerte que el mejor ajedrecista argentino deba manejarse así...
-Al principio era medio raro, pero me fui organizando y lo hice más fácil. Los buenos resultados que tuve como entrenador me permitieron cobrar las clases un poco más caras. Siempre invertí para jugar torneos más fuertes, porque para mejorar hay que jugar contra los mejores.

-Si no, corrés peligro de estancarte...
-Si siempre jugás contra rivales un poco peores, te vas relajando. Es necesario jugar siempre contra los más fuertes, porque experimentás una mayor sensación de peligro. En Argentina no hay mal nivel, pero en estos torneos voy a jugar contra muchos que tienen más ranking que yo.

-¿Cómo te llevás con la vida solitaria?
-No me gusta tanto lo de estar solo, pero sé que es necesario para mejorar. Me gustaría estar con mis amigos o haciendo otras cosas. Cuando los resultados no salen tan bien, no se siente bien estar lejos del mundo. Pero para mejorar, hay que intentarlo.

Para bucear en la historia de Sandro, hay que remontarse a cuando Rafael y Angélica se conocieron en Tobuna, plena selva misionera. Su padre era director de una escuela rural y su madre, maestra de frontera. Aquella relación derivó en el nacimiento del pequeño, el 13 de mayo de 1987, en Haedo. “Aprendí a mover las piezas con mi papá, porque en la escuela (San José de Calasanz) iba a tener ajedrez. Al principio era muy malo (risas), pero me interesé a los 9 con los torneos escolares. Seguí en un club (El Retiro) a los 13 y a los 17 pensé en dedicarme al ajedrez. No era un jugador muy fuerte pero estudié mucho para ver si podía mejorar”, rememora.

Tanto mejoró que el 2 de abril de 2005, despacito y por las piedras, sin pergamino alguno, ganó un torneo rápido que organizó Ruibal y concitó la atención de todos. “Fue muy importante para mí, porque ese fue el año en el que me dediqué a jugar. Había estudiado bastante y no sabía si iba a funcionar o no. Esa victoria me dio el ánimo para poder seguir, porque me di cuenta de que lo hecho había servido”, destaca. “Para mi mamá, yo era una promesa –se ufana-, pero no para la mayoría de la gente. Pero cuando sentía más dudas sobre lo que podía dar, resulta que me salían las cosas en los torneos difíciles”.

En la categoría Sub 20, fue campeón argentino en 2006 y sudamericano en 2007. Tres años después, se convirtió en gran maestro y su carrera se impulsó a la estratósfera. En 2015 tuvo un año mágico, ya que conquistó el Zonal de Paraguay, el Continental en Montevideo y el Campeonato Argentino, que le había sido esquivo en 2012 por sistema de desempate. Disputó tres Copas del Mundo (2011, 2013 y 2015) y tres Olimpíadas (2012, 2014 y 2016). Su nombre es sinónimo de solidez.

“No estoy ansioso por mantener el ranking al que llegué, pero sí por los torneos duros que se vienen. Trato de no presionarme, porque hice las cosas con tranquilidad y no tengo por qué cambiar. A medida que pase el tiempo, si las cosas me salen bien, mas gente creerá que puedo mejorar y esas energías suman mucho”, admite. Y entre los saludos que recibe ante buenas actuaciones, destaca la de maestros a los que entrenó o entrena, de Argentina y del exterior, como Alan Pichot, Leandro Krysa, Carlos Obregón o varios brasileños.

“Le dediqué mucho tiempo a ser entrenador para poder vivir. Hoy trabajo para mí y entre dar clases, preparar partidas y lo que estudio, todo me consume 8 horas diarias, entre cinco o seis días por semana -reseña-. Estoy casi siempre conectado con el juego. El ajedrez te atrapa tanto que no me puedo desconectar ni las pocas veces que me voy de vacaciones".

-¿Te cuesta salir del núcleo del mundo del ajedrez?
-Es cierto que la mayoría de mis amigos son del ajedrez, pero tengo muchos que jugaban y hoy hacen algo diferente. A la mayoría nos pasa que terminamos siendo amigos porque es el ambiente en el que pasamos más tiempo. En Brasil, cada vez que voy a jugar, siempre consigo alguien que me reciba en su casa y eso es lindo.

-Se nota una buena cofradía entre los jugadores argentinos...
-Me llevo bien con todos y nos ponemos contentos cuando a los demás les va bien. En cada Olimpíada compartimos líneas teóricas y jugamos por el equipo. Es muy bueno que en el país cada vez haya más jugadores fuertes porque la difusión nos va a ayudar. Mientras mejor nos vaya, más difusión.

Tanta buena relación hay entre los argentinos que Mareco, Pichot y Federico Pérez Ponsa compartieron el equipo Buenos Aires Krakens, que llegó hasta los cuartos de final de la Pro Chess League, torneo rápido por Internet en el que se dio el lujo de vencer al estadounidense Hikaru Nakamura, sexto del mundo. Si Sandro hasta tuvo que jugar de madrugada desde Vietnam... “Ni sé en qué día vivo”, lanza con gracia.

-¿En qué favorece el ajedrez a los chicos que se enganchan?
-El ajedrez te ayuda a tomar decisiones con mayor tranquilidad, porque para jugar más o menos bien, hay que reflexionar, ya que no hay vuelta atrás. También favorece el pensamiento lógico que se puede usar en la vida, porque tenés que pensar las diferentes opciones y variables. Y a mí me ayudó a conocer gente.

-¿Cómo te ves en el futuro, ahora que estás consolidado entre los mejores del mundo?
-Como trabajo para mejorar, voy a intentar subir en el ranking. A los jugadores que entreno les digo que no tienen que esperar que los resultados lleguen enseguida, porque a mayor nivel, más difícil es. Se invierte mucho tiempo en un objetivo, pero los resultados no son rápidos. Como en casi cualquier deporte, hay que mentalizarse y ser un poco cabeza dura. Para lograr cosas, tenés que exigirte. Nada llega sin trabajo.

Nota diario Clarín