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Entrevista al Presidente de FADA Mario Petrucci en el diario Página 12

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Mario Petrucci es el actual Presidente de la Federación Argentina de Ajedrez. Se acercó de joven a la militancia política, el rock y el ajedrez. Ingeniero y empresario exitoso, se inició en la gestión ajedrecística en el Círculo de Ajedrez Villa Martelli. Si bien la mayoría reconoce que su gestión implicó mejoras en la federación, es criticado y resistido por algunos exponentes del ajedrez argentino.

–¿Cómo llega al ajedrez?

–Creo que soy el único presidente que viene de una escuela de ajedrez y no de un club. Y juego tremendamente mal, pero me encanta jugar. Juego horas y horas todos los días. Mi primer acercamiento al ajedrez fue cuando estaba en cuarto grado, en Villa Martelli. En la parroquia había un grupo juvenil, teníamos cancha de fútbol y un ateneo. Cada vez que llovía, la cancha era un barrial y jugábamos al ajedrez. Ahí también hice mi formación política, con 16 años, en la línea de los curas del tercer mundo, la política de justicia social, toda esa historia que derivó en los grupos de los ‘70. Fui delegado en la secundaria y en primer año en la UTN, la única del país donde ganaba la JUP. Entre los años ‘70 y ‘72 tuve una empresa de recitales con unos equipos que me compré con una indemnización, cuando me echaron de la matricería donde laburaba. Trabajé con El Reloj, con Aquelarre, con Invisible. Hacía mucho rock and roll, nunca se sabía en qué andaba, siempre con el pelo muy largo.

–¿Cómo fue lo del rock?
–Fundamos dos comunidades. La primera la hicimos en el año ‘72, La parábola, y la segunda Paraíso Rock. Ahí fue groso. Teníamos la sala de ensayo y la imprenta. Con el mimeógrafo, con el stencil, imprimíamos para la Columna Norte de Montoneros. También hacíamos la revista de rock Genital. La comunidad era de hippies rockeros. Uno hacía artesanía, otro pintaba, otro tenía sexo, otro dibujaba, otro a experimentar, otro a pelotudear. La comunidad era eso. Después vino el golpe de estado, desarmamos la imprenta, rajaron todos. Yo me quedé en Martelli. Mi hermano me dijo: “Sos como el ombú, no te vas del barrio”. Ni cuando me colaba en el 93 para ir a la facultad me iba a ir, menos me voy a ir ahora. Vivo a 100 metros de donde nací. Era una quema y ahora es un barrio residencial. Mi casa está donde estaba la laguna a la que íbamos a pescar con mis hermanos

–Entre tantas facetas, ¿cómo le gusta definirse?
–Como ingeniero... y como alguien que prefiere patear al arco, y que se vaya afuera, a no patear. No tengo miedo del error. Puede que sea un poco personalista, pero por convicciones, no por otro tipo de intereses. A los 38 años largué mi laburo, siendo gerente de tres plantas, con 670 empleados. Me fui con dos pibes y la nena por nacer, mandé el telegrama y fundé mi empresa, un laboratorio, ahí en Martelli, a la vuelta de mi casa. Una empresita que sigue creciendo hasta hoy. Yo creo que uno es como es toda la vida. Siempre organicé el picado de los pibes, el picnic, las bandas. Toco mal la guitarra y organicé recitales. Siempre fui delegado gremial, de la secundaria, de la universidad. Juego mal al ajedrez y soy presidente de la Federación. Participo en 18 entidades de bien público, soy presidente de la comisión de ex alumnos de la escuela 7, mi primaria. Siempre armé cosas.

–¿Cuándo, en qué contexto y por qué decidió ser presidente de la FADA?
–Nunca quise ser presidente de la Federación. La conciencia federativa recién la tuve en 2011, cuando armamos una autoconvocatoria institucional en respuesta al destrato al Círculo de Villa Martelli y a muchos clubes del interior. No se llamaba a elecciones y los jugadores se encontraban fuera del ranking internacional, por deudas acumuladas. Cuando empecé como vocal en Martelli, en el año ‘93 o ‘94, dije que teníamos que poner las energías en el club y no en la federación: “Quiero que Martelli sea el club más grande del mundo, ésa es nuestra aspiración, nada más. Soy del barrio, quiero al Club”. Así que no hubo nadie nuestro en ninguna comisión. Estaba prohibido. Martelli no existía en el mapa de la FADA. Construimos un “Luna Park” para el ajedrez, pero la FADA no vino. Ni conocían el edificio.

–¿Qué lo llevó entonces a disputar la presidencia?
–Cambiar el paradigma del ajedrez argentino. Hacer una revolución conceptual, que todavía no se pudo completar. Llevar el “modelo Martelli” al ajedrez argentino, en lo educativo, en lo federativo. Hubo un momento en que era una carga hacer las finales argentinas y una carga para algunos jugadores que se quejaban por las malas condiciones que se ofrecían. Mi paradigma es: “Es un honor hacerlo y es un honor jugarlo”. Pero a la gente le cuesta cambiar, sigue siendo una carga para algunos jugadores. Me jode que, con todo lo que se hizo, no hayan cambiado el acting, no sean más orgánicos con la federación.

–Son muchas las críticas que recibe públicamente...
–La FADA es una federación de clubes, los jugadores no me tienen que venir a hablar a mí. Tienen que llamar a su club para pedirle los pasajes. Riquelme no lo llamaba a Grondona. Igual, yo atiendo a los jugadores, los atiendo a todos para debatir. La FADA está abierta todos los días, de 15 a 21. Atiendo a todo el mundo. Ahora, yo por cartas públicas o Twitter no contesto ni leo nada. La gente piensa que el mejor paradigma mediático es estar en contra.

–Pero hay demandas concretas: quejas por el valor de los promocionales, dificultades para conseguir, en torneos con buenas condiciones, las partidas exigidas por reglamento para integrar el equipo olímpico…
–El pecado capital del ajedrez es que los menores cobran premios en efectivo. Eso está prohibido en todos los deportes. El juego se salva si toda la plata en premios se la damos a los mejores jugadores, no a los que recién empiezan. ¿Cómo vas a hacer una categoría sub 10, con tres premios en efectivo, para los cinco pibes que juegan en esa categoría y que capaz mañana no juegan más? Te dicen: “No te juega la gente si cambiás esto”. Pero si no querés pagar, hacé ajedrez social, andá a la plaza. Si vas al club, son 20 pesos por año para ser un jugador federado. Ponés los bolsos en la plaza, jugás al fútbol y se acabó. Pero si quiero ir a la cancha con vestuario y luz, tengo que pagar. La decisión de que un chico juegue al ajedrez es de los padres y del grupo familiar, quienes deben hacer el primer esfuerzo. Si la base y los aficionados no pagan, no hay deporte. Luego viene el apoyo del Estado. Hay que hacer los torneos como en la Liga Nacional: la gente tiene que pagar todos los servicios a la FADA, como ocurre en cualquier federación, y la clave arranca con los promocionales. Es obligación de la Federación dar becas a los que no tienen posibilidades económicas, pero a los demás hay que cobrarles. Y con todo eso, hacer un Argentino y mostrar que los premios son para los mejores. El año pasado hicimos 195 torneos, un récord histórico de actividad, más que la suma de Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay juntos, con un reconocimiento de la federación internacional por la cantidad de torneos realizados en Argentina.

–¿Y cómo se sostiene el ajedrez entonces?
–Hay mucha pasión, se pelea mucho, se sostiene... Es un milagro el ajedrez. Y también está el parámetro de la incidencia del Estado. Pero el 80 por ciento tiene que ser lo sustentable. La gente no entiende el “mandamiento cero” del deporte: el deporte lo paga el aficionado. Debe ser así. Si no, quién lo va a pagar. No podés crear un monstruo que después te lo banque el Estado. Los clubes no tienen que pedir cosas. Si no tenés socios, cerralo. Es una irresponsabilidad. ¿Para qué la fundaste? Desde mi punto de vista, la mejor concepción de rendimiento de recursos humanos y materiales es la sinergia de entidades y Estado: una ONG, un Estado y una política en común. La primera fuerza es la masa social que cree en esa causa, los socios que laburamos gratis. Segundo, los comercios del barrio, los allegados. Tercero, empresas privadas. Cuarto, el Estado. Los clubes no pueden pagar ni la luz, pero olvidate de la guita. El ajedrez es un proyecto fenomenal. En el costo beneficio, no hay mejor que el ajedrez, se vende en todos lados y te lo compra todo el mundo. No hay que ser chanta, nada más…

–¿Qué cree que pudo cambiar para mejor y qué le falta?
–Tengo conciencia de lo que falta pero también de lo que se hizo. Hacer el nuevo estatuto y haber pasado de 4 a 22 provincias con actividad federativa, y de 9 instituciones federadas a 41 en solo un año, fue algo revolucionario. Pasamos de un régimen concentrado a uno federal. También haber hecho 195 torneos en un año con miles de pesos en premios como ningún otro deporte amateur tiene en Argentina, salvo el Abierto de la República, el masters de Golf o algunas peleas de box. Prohibí en las asambleas que nadie se jacte de pagar el Elo, porque no es ningún mérito pagar el Elo. Es una obligación. No se menciona más. Ni siquiera hacer los Argentinos es un mérito: es un honor para la dirigencia y para los jugadores, jugar por el título argentino. Y también eliminamos el déficit de la FADA. Somos austeros: no tenemos abogado ni contador. Se regularizó todo, hoy hay una FADA sin juicios por primera vez en 50 años, con saldo bancario, con el equipo todo completo, un moñito perfecto.

–¿Cómo ve el futuro de la FADA y el ajedrez argentino?
–Si no podemos dar vuelta la pelota de rugby para el lado que piensa, va a haber un retroceso tremendo en el ajedrez argentino, casi un colapso. La comunidad tiene que entender que hay que cambiar los paradigmas. Hemos pacificado todo el país: no se habla más de ningún torneo corrupto, se sancionó a la gente, no hay más problemas en las provincias entre los dirigentes. Todo lo que yo hago no vuelve para atrás. Pero creo que el tema cultural es muy complejo. Cuánto tiempo hay que seguir para que los dinosaurios se enteren, no sé. Lo tengo que tener en cuenta, pero que no me venza. Porque si no se puede cambiar, prefiero quedarme en Martelli. Yo le estoy quitando energía a mi club, estoy poniendo muchos recursos humanos para la FADA.

Nota publicada el día de hoy en Página 12